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al índice del clímax  

LA OREJA LE DIJO AL DEDo.

Julio 24, 2006

 
 

 

1. El misterioso caso del índice suspicaz.
Nunca sabe uno todo lo que vendrá con una pizza. Entre salsas, pimientos, volantes y servilletas, salta de pronto una gema de lema: Por una cultura de la denuncia. Ciertamente, el panfleto oficial adjunto a la pizza se refiere a delitos en flagrancia, pero difícilmente puede uno decir que su contenido sea un coadyuvante en el proceso de una buena digestión. ¿Qué exactamente quieren decir quienes promueven la “cultura de la denuncia”? ¿Deberíamos aceptar con alegría la invitación a convertirnos en soplones? ¿Qué tan lejos ha estado, a través de la Historia, la cultura de la denuncia del culto a la calumnia? ¿No bastaría con promover el simple y ordinario respeto a la legalidad? Por lo pronto, desconfío profundamente del pepperoni. No sé si los pizzeros puedan valerse de ellos para meterme un chip en el estómago, y a partir de hoy rastrearme por la vía satelital. Una cosa es segura: ese repartidor era un soplón.

Si acaso, intimidado por los alcances hi-tech de los pepperonis que por desgracia ya deglutí, me diera por unirme a la cultura de la denuncia, empezaría por denunciar a cada repartidor al que vea conducir la moto con temeridad suicida. Pero entonces tendría que venir todo el camino anotando placas, horas, lugares e infracciones al reglamento, y ello me volvería un peligro al volante. “Ten cuidado con esa rata lambiscona”, alertará por ahí un pasajero al conductor, y puede que no falte el repartidor que a su vez anote mis placas, como parte orgullosa de esa misma cultura de la denuncia que uno ha aprendido a aborrecer desde niño, pues hasta hoy no sabe de un solo dedo largo digno de respeto —con el perdón de la única instancia oficial que hasta hoy ha implementado en suelo nacional una cultura de esta clase, que es por supuesto la Santa Inquisición.

2. Háblame, Pueblo amante.
La cultura de la denuncia tiene entraña kafkiana, no sólo porque implica una infinita apertura de procesos judiciales hipertextuales —varios de ellos sin otro sustento que el rencor, la revancha o la pura envidia del denunciante— sino también porque desde el principio de la historia convierte al ciudadano en cucaracha. Ahora bien, hay al menos dos clases de denuncia: la privada y la pública. No es coincidencia que los mismos políticos que alientan el imperio de las orejas y los dedos sean asimismo afines a la denuncia estridente. Esto es, que mientras los simples mortales se denuncian unos a otros en la sombra, bajo los reflectores brilla un aspirante a prócer, pródigo en denuncias y rico en estridencias. Según él, es el pueblo quien denuncia por sus humildes labios. Y como no hay denuncia sin sospecha, el aspirante a prócer denuncia sus sospechas ante El Pueblo —vehemencias plantan mayúsculas— con la estridencia apenas necesaria para tornarlas hecho incontrovertible: solamente un canalla se atrevería a exigir pruebas. Hay un trecho tan corto entre denuncia y calumnia como aquél que separa a realidad de ficción, y basta una estridencia para cruzarlo.

Comúnmente, los denunciantes estridentes pintan con brocha gorda. Como que los detalles les tienen sin cuidado, excepto cuando llega la hora de hacerse pintorescos ante su clientela, que tiene la razón porque se la da toda —de otro modo estaría evidentemente fuera de ella— y disfruta de cada dicharacho el camino, también corto y muy bien pavimentado, entre pintoresquismo y estridencia. Aquellos colmilludos amantes que hayan pasado de la carcajada al arrumaco, y de ahí al inminente apareamiento, en el tiempo que toma atravesar a pie el Paseo de la Reforma, saben muy bien a lo que me refiero. Cuando es un denunciante pintoresco y estridente quien está al mando del micrófono, la turba es una musa perniabierta que se le entrega sin palabras y a gritos. Si la denuncia anónima convierte en rata o cucaracha al denunciante, la denuncia estridente lo vuelve garañón. ¿Quién no recuerda al Presidente Stallion que lloró ante el Congreso de la Unión, como lo hace el amante tierno y sentimental después de una ardorosa cabalgata?

3. Denuncias o renuncias.
Por tradición, la denuncia estridente es patrimonio y símbolo de la ultraderecha, puesto que basa toda su legitimidad en el escándalo: el denunciante está horrorizado, y por supuesto espera —esa es su chamba— que sus escuchas se escandalicen más, por el certero efecto dominó que tiene la estridencia entre la turba. Hitler, denunciante estridente por excedencia, sabía de la eficacia histriónica que concede perder el control de sí mismo ante el micrófono —cosa muy fácil cuando se es vitoreado con unanimidad— y el consiguiente incremento de sus bonos de autoridad ante la turba que no opina, aclama. Al denunciante estridente le gusta esa palabra: autoridad. Quiere, en primer lugar, ser él quien la conceda o la retire. No es extraño que en las antípodas de la ultraderecha —territorio de Stalin— la denuncia estridente reclamara una dimensión moral, con argumentos nunca menos conservadores.

A Stalin le gustaba hablar de democracia, igual que el belicoso y acomplejado ministro Von Ribbentropp —ejecutado en Nuremberg, menos por asesino que por lambiscón— asistía encantado a las conversaciones de paz con los ingleses, pues alguien dentro de él quería ser inglés. Tiene lógica, al menos, que los estalinistas democráticos locales citen a su mentor soviético —que de la democracia conocía sólo las estrategias para erradicarla— ante una autoridad electoral, pues así su denuncia, si no en precisión, gana al menos en estridencia, que es la especialidad de la dacha. Por lo pronto, me queda una denuncia por hacer: se me ha enfriado la pizza, mientras hacía la cuenta de cuántas denuncias se necesitan para hacer de un promotor de la opacidad un adalid de la transparencia. En una de éstas, basta con subir el volumen.

 

Copyright © Xavier Velasco 2006