1. El misterioso
caso del índice suspicaz.
Nunca sabe uno todo lo que vendrá con una
pizza. Entre salsas, pimientos, volantes y servilletas,
salta de pronto una gema de lema: Por una cultura
de la denuncia. Ciertamente, el panfleto oficial
adjunto a la pizza se refiere a delitos en flagrancia,
pero difícilmente puede uno decir que su contenido
sea un coadyuvante en el proceso de una buena digestión.
¿Qué exactamente quieren decir quienes
promueven la “cultura de la denuncia”? ¿Deberíamos
aceptar con alegría la invitación a convertirnos
en soplones? ¿Qué tan lejos ha estado,
a través de la Historia, la cultura de la denuncia
del culto a la calumnia? ¿No bastaría
con promover el simple y ordinario respeto a la legalidad?
Por lo pronto, desconfío profundamente del pepperoni.
No sé si los pizzeros puedan valerse de ellos
para meterme un chip en el estómago, y a partir
de hoy rastrearme por la vía satelital. Una cosa
es segura: ese repartidor era un soplón.
Si acaso, intimidado por
los alcances hi-tech de los pepperonis que
por desgracia ya deglutí, me diera por unirme
a la cultura de la denuncia, empezaría
por denunciar a cada repartidor al que vea conducir
la moto con temeridad suicida. Pero entonces tendría
que venir todo el camino anotando placas, horas, lugares
e infracciones al reglamento, y ello me volvería
un peligro al volante. “Ten cuidado con esa rata
lambiscona”, alertará por ahí un
pasajero al conductor, y puede que no falte el repartidor
que a su vez anote mis placas, como parte orgullosa
de esa misma cultura de la denuncia que uno
ha aprendido a aborrecer desde niño, pues hasta
hoy no sabe de un solo dedo largo digno de respeto —con
el perdón de la única instancia oficial
que hasta hoy ha implementado en suelo nacional una
cultura de esta clase, que es por supuesto la Santa
Inquisición.
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2. Háblame,
Pueblo amante.
La cultura de la denuncia tiene entraña
kafkiana, no sólo porque implica una infinita
apertura de procesos judiciales hipertextuales —varios
de ellos sin otro sustento que el rencor, la revancha
o la pura envidia del denunciante— sino también
porque desde el principio de la historia convierte al
ciudadano en cucaracha. Ahora bien, hay al menos dos
clases de denuncia: la privada y la pública.
No es coincidencia que los mismos políticos que
alientan el imperio de las orejas y los dedos sean asimismo
afines a la denuncia estridente. Esto es, que mientras
los simples mortales se denuncian unos a otros en la
sombra, bajo los reflectores brilla un aspirante a prócer,
pródigo en denuncias y rico en estridencias.
Según él, es el pueblo quien denuncia
por sus humildes labios. Y como no hay denuncia sin
sospecha, el aspirante a prócer denuncia sus
sospechas ante El Pueblo —vehemencias plantan
mayúsculas— con la estridencia apenas necesaria
para tornarlas hecho incontrovertible: solamente un
canalla se atrevería a exigir pruebas. Hay un
trecho tan corto entre denuncia y calumnia como aquél
que separa a realidad de ficción, y basta una
estridencia para cruzarlo.
Comúnmente, los
denunciantes estridentes pintan con brocha gorda. Como
que los detalles les tienen sin cuidado, excepto cuando
llega la hora de hacerse pintorescos ante su clientela,
que tiene la razón porque se la da toda —de
otro modo estaría evidentemente fuera de ella—
y disfruta de cada dicharacho el camino, también
corto y muy bien pavimentado, entre pintoresquismo y
estridencia. Aquellos colmilludos amantes que hayan
pasado de la carcajada al arrumaco, y de ahí
al inminente apareamiento, en el tiempo que toma atravesar
a pie el Paseo de la Reforma, saben muy bien a lo que
me refiero. Cuando es un denunciante pintoresco y estridente
quien está al mando del micrófono, la
turba es una musa perniabierta que se le entrega sin
palabras y a gritos. Si la denuncia anónima convierte
en rata o cucaracha al denunciante, la denuncia estridente
lo vuelve garañón. ¿Quién
no recuerda al Presidente Stallion que lloró
ante el Congreso de la Unión, como lo hace el
amante tierno y sentimental después de una ardorosa
cabalgata?
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3. Denuncias o
renuncias.
Por tradición, la denuncia estridente es patrimonio
y símbolo de la ultraderecha, puesto que basa
toda su legitimidad en el escándalo: el denunciante
está horrorizado, y por supuesto espera —esa
es su chamba— que sus escuchas se escandalicen
más, por el certero efecto dominó que
tiene la estridencia entre la turba. Hitler, denunciante
estridente por excedencia, sabía de la eficacia
histriónica que concede perder el control de
sí mismo ante el micrófono —cosa
muy fácil cuando se es vitoreado con unanimidad—
y el consiguiente incremento de sus bonos de autoridad
ante la turba que no opina, aclama. Al denunciante estridente
le gusta esa palabra: autoridad. Quiere, en
primer lugar, ser él quien la conceda o la retire.
No es extraño que en las antípodas de
la ultraderecha —territorio de Stalin— la
denuncia estridente reclamara una dimensión moral,
con argumentos nunca menos conservadores.
A Stalin le gustaba hablar
de democracia, igual que el belicoso y acomplejado ministro
Von Ribbentropp —ejecutado en Nuremberg, menos
por asesino que por lambiscón— asistía
encantado a las conversaciones de paz con los ingleses,
pues alguien dentro de él quería ser inglés.
Tiene lógica, al menos, que los estalinistas
democráticos locales citen a su mentor soviético
—que de la democracia conocía sólo
las estrategias para erradicarla— ante una autoridad
electoral, pues así su denuncia, si no en precisión,
gana al menos en estridencia, que es la especialidad
de la dacha. Por lo pronto, me queda una denuncia
por hacer: se me ha enfriado la pizza, mientras hacía
la cuenta de cuántas denuncias se necesitan para
hacer de un promotor de la opacidad un adalid de la
transparencia. En una de éstas, basta con subir
el volumen.
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© Xavier Velasco 2006
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